Es mejor orar con intensidad que pecar con venganza.

Cuando alguien te hiere, el impulso natural es vengarte. Pero el Salmo 35 nos enseña algo más profundo: es mejor desahogarnos con Dios que reaccionar desde la herida. David no escondió su dolor, lo llevó a la presencia del Señor. Hoy aprendemos que la verdadera fortaleza no está en devolver el golpe, sino en confiar en la justicia de Dios.
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